Era mi primer año lejos de Dongguan, tenía 17 años. Salí a pasear un jueves, que era mi día libre por entonces y como cada jueves me metí a la tienda Sanborns, a leer y comprar mi novela de la semana, alguna revista. De frente me topé con un libro que leía mi historia, su portada me recordaba el abandono de mi padre, al patán que me había roto y los asquerosos a los que atendía, la portada leía: “Los hombres que no amaban a las mujeres”, estaba una mujer de pelo negro, delgada en extremo, atada de manos y pies, con una mirada sugestiva, ausente, irreverente, era yo. Inmediatamente lo tomé y entré a la cafetería nomas pagarlo, luego llegó María, la mujer que siempre me atendía con mi canasta de pan y mi café, me sumí en la lectura. Nunca había querido ser alguien como quería ser Lisbeth Salander, aunque mi padre me amaba mientras estuve, su abandono me dolió tanto como a ella, el resto de las decepciones estaban ahí, aunque de forma muy distinta. Lisbeth fue mi primer heroína, las adolescentes de mi edad querían vivir una historia de amor en aquel momento y había miles vistiendo y oyendo “Oops I did it again”, querían ser Britney o Cristina Aguilera y tener de novio a Justin Timberlake, yo quería aprender programación y artes marciales, se puede decir que logré lo segundo y mi mentor se aseguró que aprendiera otras habilidades. Mei Lian era buena con las computadoras, pero sus habilidades de programación terminaron en Fortran y Basic, y en 1990. Yo no tenía el MIT digamos, a mi alcance, ni horas libres para ser autodidacta, tenía una función que cumplir. Sin embargo, desde entonces, me propuse a mi misma a nunca olvidar a Lisbeth, por eso cuando Juan Gómez Jurado sacó “Loba Negra” (Antonia Scott) me regocijé, había muchos escritores en el mundo que no olvidaban a Lisbeth, que mantendrían el ideal de Stieg Larsson vivo. Para una mujer china, el empoderamiento no llega sin la anuencia de las organizaciones, La Cofradía, El Ejército, el Partido Comunista, La Liga de Empresarios. Sin una utilidad para estas organizaciones de hombres no es posible mantenerse fuera de la sumisión, México y China no pueden distar más de Suecia y España, en ese sentido y en muchos. Esta semana releeré Millenium, sólo para honrar a mi primera heroína, me encerraré en uno de los viejos sótanos, uno que hace 100 años era sala de consumo de opio, me meteré una botella de mezcal y unos chicles de menta, me perderé tres días, como lo hacían en esos mismos cuartos tanto chinos mafiosos como americanos traficantes de alcohol, saldré renovada con la ilusión de la anarquía en mi corazón, me lo merezco, Lisbeth Salander también.
Del diario de Shui Li de hoy hace 3 días.

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