Desde el día que me recibió con su fétido aliento e higiene reprobable, Juan Lee me había tratado bien, “como de la familia” decía él, pero sabía que no lo decía en serio, jamás a una sobrina suya la pondría a trabajar mis jornadas, ni la prostituiría como lo hacía con las mejor pagadas y tratadas meseras. Trabajaba 16 horas, 6 días por semana, resulta que teníamos que pagar 16,000 yuanes más nuestra estadía para poder salir libres de ese infierno, a un salario mínimo que ni siquiera estaba registrado en libros. Algunos tardaban 5 años en obtener lo que ”La cofradía”, llamaba trámites de inmigración… la ciudadanía mexicana, si eras chica y te prostituías lo podrías hacer más rápido, pero por lo que aprendí, no todas cambiaban de profesión, pero ese círculo del infierno lo conocería después. Cumplí los 17 en la cocina, aguantando nalgadas y miradas lascivas de los de mayor rango e indiferencia de las meseras. No hablé con nadie que no fuera Juan Lee durante los primeros 3 meses y nunca era muy agradable, salvo cuando me trajo un pastel de nieve al final de mi jornada ese cumpleaños.
Un día llegó un chico nuevo de Cantón, no era tan hermoso como Peter, pero era guapo y alto, lo primero que ví fue su sonrisa al verme. Juan Lee lo trataba bien al grado que solo pasó una semana en la cocina antes de irse de mesero, no tenía oportunidad, me enamoré y le entregué mi virginidad una noche, me prometió casarse conmigo al salir de ahí, me hablaba de un restaurante y me escuchaba hablar de mis libros. ¿Cómo no quererlo si entre duendes, había un ángel que me quería y deseaba? ¿Cómo iba yo a saber que era el demonio de este círculo?

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