Ensenada

Cuándo abrieron el contenedor no lo recuerdo, nuca supe cuántas murieron, el olor previo no era posible sin muertos. Abrí los ojos en una casa horrible que era una especia de hospital, pensé que estaba muerta, recuerdo haberme dicho. Moví el dedo gordo de un pié, luego del otro, luego las manos. Éramos 6 y había dos chinas de edad mayor. A los cuatro o cinco días salí de ahí, me llevaron en la parte de atrás de una camioneta llena de comida, escondida entre las cajas, a mi destino, la mítica ciudad del desierto donde había una comunidad china que ganaba dinero y mandaba a sus familiares en cantón, hecho que purificaba todas las cosas en mi pueblo, no importaba la deshonra, me pregunté en ese momento si importaba la forma en que se ganara el medio purificador.

Llegué a un restaurante por la parte de atrás, me recibió un chino panzón que hablaba un cantonés muy raro, las gotas de sudor hediondo brotaban y escurrían por sus mofletes, le dió una propina al chofer y me bajé. Hacía un calor espantoso, como jamás lo había sentido, era como si un horno de convección me recorriera por dentro del cuerpo y saliera, como si no estuviera ahí, me recordó a los videos de las explosiones nucleares.

Ese mismo día lavé más de 2000 platos, no había dormido, luego supe que era una especia de ”bienvenida”. Mis manos estaban adoloridas y con llagas cuando llegué con mi mochila a un cuarto de 3 metros por 5 con un camastro que estaba en unos apartamentos a dos cuadras del restaurant. Pensé que había salido ilesa, pero apenas tocaba la segunda puerta de un infierno que no paraba de sorprenderme, Dante era in ingenuo imbécil, ¡maldito italiano!

REGRESO AL ÍNDICE

2 responses to “Ensenada”

  1. […] Llegamos a puerto, el último día Shu Tze no despertó, estaba dormida y nadie decía nada, yo podía tocar mis costillas y sentía mis huesos al tocar mi piel. Pasaron muchas horas o días, nadie movía el contenedor, olía a muerto, nadie se movía, nadie hablaba. ¿Es este el infierno? ¿O es el puerto de Ensenada? […]

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